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Branding | Marketing Miércoles, 30 de Junio de 2010

Personalidad: El gran valor de la marca

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La marca suele definirse como una mezcla de atributos tangibles e intangibles que debidamente gestionados son capaces de influenciar en la decisión de compra. Pero entre todos los aspectos que convergen en la misma, aquellos que conforman la personalidad son realmente los artífices de su gran valor diferencial.

El valor de la marca sobrepasa los símbolos y los productos que la representan físicamente, porque se trata de un ente vivo y complejo que posee un patrón de conducta basado en su propia visión de la realidad. Una marca que carece de sentimientos, pensamientos, actitudes y hábitos está desprovista de identidad.

Las relaciones se forjan a partir de intereses comunes, pero la intensidad depende en gran medida de la compatibilidad entre rasgos propios de la personalidad. El aspecto emocional implícito en el carácter de los individuos, posibilita la creación de fuertes vínculos capaces de superar cualquier adversidad.

Una marca sin personalidad está destinada a fracasar en la relación con el cliente, porque si el interés racional se pierde, el nexo desaparece. Sin embargo, cuando la marca goza de un carácter emocional es capaz de generar grandes pasiones, permitiendo establecer una conexión profunda y duradera con el consumidor.

La creación de la personalidad requiere de un constante intercambio con el entorno de la marca, modelando una forma de pensar y actuar única que facilite el acercamiento tanto a empleados como a clientes. Un carácter coherente genera una identidad exclusiva capaz de fomentar una lealtad que permite la retención y la recompra.

Aunque aspectos racionales como el precio y la calidad influyen notablemente en la valoración de la marca, el gran valor reside en su vertiente más humana. La personalidad confiere a la marca una diferencia sustancial, aportando grandes ventajas sobre competidores con precios y calidades similares.

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