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Branding | Marketing Martes, 8 de Mayo de 2012

El valor que marca, no tiene precio

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Continuamente, la línea que separa valor y precio se difumina, confundiendo la tasación monetaria de un producto, con la valía de la marca a la que representan. Un valor, no se remite exclusivamente a una cantidad resultante de una ecuación o a una participación empresarial, sino a una emoción, una conexión y una habilidad útil para la sociedad.

Hoy, el valor es sólo monetario. Una mentalidad expuesta a un dato que cotiza en el parquet de la Bolsa y en la cesta de la compra, reduce la visión del individuo a un intercambio, cuya única medida posible pretende ser un precio especulativo. Los valores comunales y universales, que junto a la personalidad subjetividad configuran una identidad, actúan para dar forma a la convivencia entre la ética y el interés. .

El valor es funcional. Cualquier persona precisa satisfacer una serie de necesidades comunes con el fin de sobrevivir. El ser humano es el animal que más conocimiento ha empleado en la fabricación de sistemas, herramientas y productos para destruir su propia naturaleza, pero también para construir civilizaciones admirables.

El valor es emocional. Cada individuo observa una realidad única, tiene una emoción propia y genera una opinión personal, cuyo sentir puede ser compartido. La diferencia de visión ante unos preceptos y unas directrices implantadas como única opción, puede ocasionar una herencia conflictiva, pero también un legado respetable.

El valor es social. Entre sujetos que se relacionan, el comportamiento y la contribución a la comunidad son indiscutibles para coexistir. El liderazgo que se ejerce, la cultura que se inspira y la política que se establece, pueden motivar un alejamiento irresponsable del objetivo común, pero también un acercamiento responsable.

El oportunismo, el consumismo y el mercantilismo que prevalecen en la sociedad, impiden apreciar la importancia personal de todo aquello que envuelve a la humanidad. La cultura que antepone el precio, la moneda, el billete o la tarjeta, a su desarrollo, su evolución y su propia supervivencia, abandona su origen y frustra su futuro, perdiendo su ser.

El sentimiento individual, en línea con la inteligencia colectiva y el pragmatismo juicioso, deben ocupar su lugar frente al descontrol de las cifras. Siendo todos valores intangibles, es imprescindible evidenciar que repercuten en cualquier tangible. La percepción subjetiva, la integración social, así como la utilidad consciente, conforman el valor certero que transforma a un negocio en una marca: aquello que se comparte y que no tiene precio.

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